EL HECHO URBANO

Durante el último siglo, el crecimiento de la población ha marcado el reordenamiento del territorio habitable y la ampliación de los espacios urbanos. Si sumamos ese aumento de la población al creciente éxodo rural y a los cambios de vida propiciados por el sistema económico, dan como resultado una reordenación de los espacios públicos que es necesario repensar para dar respuesta a los problemas globales y a las necesidades de la ciudadanía.

La concentración de la vida económica y cultural en los centros urbanos es un hecho que debemos tener en cuenta de primera mano para poder comprender las tendencias y los cambios sociales que nos han llevado a conformar una sociedad líquida que está transformando también su forma de consumo y su manera de coexistir con el medio que la rodea.

En el escenario de las ciudades se producen las relaciones sociales y las formas de vida humana, pero no es la ciudad en sí misma la que crea esas relaciones, sino que esa forma de organización social es la que engendra la aparición y la transformación de las ciudades.

En este marco, nace el concepto de “hecho urbano” cuya definición se enlaza directamente con una perspectiva histórica de las ciudades que dota a su interpretación de dinamismo, pues debemos tener en cuenta que la ciudad no puede ser nunca concebida como un hecho fijo, sino como una forma particular de civilización que está en constante transformación. No hay más que tomar como punto de partida la Revolución Industrial para dar cuenta de que el hecho urbano ha cambiado – a medida que se ha ido transformando la sociedad- y que su definición inicial ya no responde a los reajustes que han ido marcando estos espacios.

Las ciudades se han convertido en el centro de la socialización y de la economía mundial, y el proceso del “hecho urbano”, tendrá como resultado, según Naciones Unidas, que en el año 2030 más del 70% de la población mundial viva en ciudades.

Actualmente estamos ante un cambio en el paradigma en el hecho urbano: el cambio climático, unido a las transformaciones relacionales que estamos viviendo con la actual crisis sanitaria provocada por la Covid-19 y el ya previsible aumento de la pobreza, está obligándonos a repensar el modelo económico que sustenta – o intenta sustentar- a nuestras sociedades y al planeta en el que vivimos.

Uno de los empujes que se está dando para este cambio de paradigma nace del acuerdo de Naciones Unidas para alcanzar las metas de Agenda 2030. El cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible por parte de las ciudades pasa por crear un marco de gobernanza flexible y claro que desarrolle una coordinación entre municipios y otros niveles de gobierno para atender a las crecientes necesidades de las localidades y de la ciudadanía, sean urgentes o no. Necesitamos un nuevo modelo de gestión que sea monitorizado, continuo en el tiempo, coordinado y que haga partícipe a la ciudadanía.

Junto a este cambio de paradigma en el hecho urbano no podemos olvidar que las ciudades se están quedando pequeñas y que pensar en clave de ciudad como ente aislado puede ser insuficiente. Los límites de la ciudad se han extendido y el esquema de ordenación y gobernanza debe extenderse también a las áreas metropolitanas.

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